Somos una sencilla hermandad de creyentes reunidos con un interés común y llamamiento a obrar en la Gran Comisión. No tenemos ningún propósito de autopromoción y no tenemos ninguna ambición que no sea la de obedecer la voluntad del Dios. Aunque hemos visto una buena medida de la bendición de Dios en nuestros esfuerzos, no somos indispensables para el crecimiento de Su reino. Si pereciéramos mañana, de ninguna manera será entorpecido el avance poderoso de Su voluntad, ni disminuiría el incremento de Su cosecha. Existimos y producimos fruto solamente debido al propósito misericordioso de Dios (Juan 15:16). No es servido por manos humanas, como si necesitara de algo (Hechos 17:25). Él hará grande Su Nombre entre las naciones (Malaquías 1:11) con nosotros o sin nosotros.
Aunque tenemos esta confianza segura en el carácter de Dios y Sus decretos, no ignoramos los tiempos ni nos falta pasión. En el alba de este nuevo milenio, se nos presentan incontables oportunidades para presenciar la revelación de la gloria de Dios entre las naciones. Demorarse significa no aprovechar la mayor oportunidad que ha tenido la Iglesia en la historia. No es un tiempo para visiones pequeñas, mentalidades cerradas, ni timidez, sino que es un tiempo para la audacia, la valentía y la dependencia en las promesas fieles de Dios. Es un tiempo para tomar nuestras cruces, estimando todas las cosas como pérdida, y para seguir al Maestro.
Por lo tanto, estamos confiando en Dios para recibir de Su gracia completa y suficiente, con el fin de que podamos ser algo de utilidad al servir al Maestro en esta obra inigualable. Que seamos hallados fieles hasta que el estandarte del Señor sea levantado sobre cada continente, en cada nación y entre cada pueblo. ¡Que la buena providencia de Dios cumpla con cada una de Sus promesas de levantar un pueblo para Su Hijo y de hacer grande Su Nombre entre las naciones!
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